Lalelia autumnalis

By orquidofilo, 7 November, 2008, No Comment

Laelia autumnalis: del otoño y de los muertos.

Esta historia los cerros se la contaron al viento, éste se la susurró al agua y ésta la olvidó y la dejó en las profundidades hasta ahora. Dice que sucedió hace unos 600 ó 700 años, en el apogeo de la cultura azteca, en el México prehispánico, y cuenta que ocurrió en algún lugar del Eje Neovolcánico, en el centro del país.

Era un fría mañana, de un típico día del otoño; se podía oír el canto de las aves, más no el sonido de los animales del campo que ahora estamos acostumbrados a escuchar. En este rincón del mundo, todavía no se conocen los gallos, ni las gallinas, ni las vacas, ni las ovejas, tampoco las bestias de carga, ni nada que haya venido del viejo mundo (arroz, bananas, cítricos, trigo, avena, etc.) y probablemente tampoco se conocían las papas y otros alimentos de origen sudamericano. En este territorio la vida es muy dura, las estaciones marcan el ritmo de la vida en todos sus aspectos. En este temprano otoño, el bosque todavía está verde, pero ya algunas hojas de los árboles se están marchitando y pronto se caerán. Pronto vendrá un invierno frío y seco, y luego una primavera cálida, mas las lluvias no aparecerán hasta el siguiente verano. Todavía hay algo de bruma en el campo, y a lo lejos se observan unos pasos presurosos que llevan a una venerable anciana a lo alto del cerro. La señora sube por un empinado sendero, rumbo a un encinar. Va en busca de la flor más bonita que su tierra produce en esta época, y ella sabe dónde encontrarla, allá en las ramas de esos árboles añosos. De espaldas, a la señora se le ven caer dos trenzas de pelo de su cabeza. Esas trenzas desaliñadas van subiendo poco a poco hasta encontrar a la “auatxóchitl” (flor de encino). Ella sabe que también se le conoce como “chichiltictepezacuxó chitl” (flor roja de pegamento de los cerros) porque se utiliza para extraer pegamento para el arte plumario, para hacer artesanía y para elaborar dulces, entre otros cosas. Pero hoy sólo va por las flores.

La señora sabe que los días de Tláloc, el dios de la lluvia, se están terminando y que pronto vendrán los días soleados, éstos son los de Huitzilopochtli, el dios la guerra. Ahora es el período de cosecha y por fin, después de varios, la milpa produjo maíz, frijol y calabaza, este año Tláloc fue generoso. La señora sabe que con los graneros llenos no vendrán los discursos patrioteros y las encomiendas divinas para hacer la guerra a sus vecinos. Este año habrá paz y Huitzilopochtli se conformará con ofrendas sencillas. La anciana sabe lo que es perder un hijo en la guerra y ahora va por flores para honrar su memoria. Ella mira al oriente, hacia el sol naciente, ya que su hijo tuvo el privilegio de acompañar al sol durante cuatro años desde el amanecer hasta el cenit, antes de que reencarnara en colibrí. De reojo voltea al occidente y piensa en su tía muerta en el parto, ya que su destino será acompañar al dios sol del medio día hasta el anochecer. Al recordar al hijo, la trenza de pelo oscuro siente un pensamiento de orgullo, de todas las formas de morir esta fue una muy digna y de mucho valor, que la honrar a ella y a toda su familia. Mientras tanto, la trenza de pelo cano no logra entender porqué la guerra y no encuentra resignación alguna. La señora agacha su rostro, mira hacia el suelo y suelta un suspiro profundo, en parte por el cansancio, en parte por la nostalgia. Ella sabe que su destino será como el de la mayoría de los mortales, regresará al inframundo de dónde se originó. En esta época del año todo señala el retorno a ese lugar. Todo lo verde que produjo la lluvia del verano se empieza a retraer, las hierbas ya florecieron y se empiezan a morir. Las almas regresan al inframundo y no hay tiempo que perder para despedirse de ellas. La trenza de pelo oscuro exclama que hay que festejar la cosecha, que no sólo de maíz y agua vive el cuerpo, ¡también es bueno celebrar las dichas de la vida! La trenza con más canas piensa en el duro tiempo que vendrá. La señora logra encontrar las preciadas flores en una planta situada en una rama baja, se acerca y la observa, es la misma planta que ha visitado en años anteriores. La anciana sabe estas plantas cada año producen un “camotito”, y sabe que de cada “camote” sale sólo una inflorescencia. La doña observa a la planta con cuidado y puede ver que el pseudobulbo de este año es más grande que los anteriores -¡fue un buen año!- exclama la doña para si misma. Pero también observa los anteriores, unos pseudobulbos más pequeños y arrugados. La señora recuerda esos años malos, de hambruna y de guerra, que también la han marcado en sus entrañas. Ella corta las flores, mas no se va sin dejar pasar su mano suavemente por toda la planta. Las arrugas y cicatrices de su mano rozan las propias de la planta, en un instante que fusiona dos historias de vida plena. La trenza más oscura piensa que con el roce de la mano, la doña le dice hasta luego; supone que la planta tendrá un nuevo año para reinventarse, otra oportunidad para crecer y para florecer mejor que nunca. La trenza con más canas piensa en quién será la que primero dejará de contar su historia. La señora regresa con sus flores del cerro, entra a la cocina y se pone a preparar la comida que más le gustaba a su hijo. El humo de ese viejo fogón a ratos desdibuja a las trenzas que se mueven de un lado para el otro, entre rayos luminosos que se filtran por el entablado de la choza. Todo esto ocurre al mismo tiempo en que los olores de la comida se mezclan con el aroma dulce de las flores recién cortadas, generando una atmósfera mágica, irrepetible. Al atardecer la señora ha terminado de preparar el festín, lo envuelve con mucho cuidado, toma las flores que cortó en la mañana, y sale de la casa. Pasa debajo de un árbol de su solar, en ese árbol sembró una auatxóchitl que su hijo le trajo del cerro hace años. Cómo no se va a acordar de él, viendo esas espigas vigorosas, erguidas y llenas de júbilo. Ella recuerda el momento en que su hijo le trajo la planta. Ese mismo día, ella la colocó y la amarró en el árbol. En las mañanas le da el sol, pero al medio día el árbol le brinda sombra. La doña se ha fijado que a las plantas del cerro reciben agua en forma de rocío casi todos los días, así que ella le echa agua a su planta al menos dos veces por semana, bien temprano en la mañana. La planta que sembró es especial, no sólo por ser obsequio de su hijo, sino porque es de flores más grandes y oscuras, respecto a las que se ven en el cerro, “es la forma atrorubens” dirán los enterados. Las espigas de casi un metro de largo, con 10 flores por vara, de un color que recuerda más a la sangre que al lila, y la garganta blanca la hacen estremecerse de emoción. Esas son su flores especiales, para ella son casi sagradas, y esas no se cortan. La trenza oscura se llena de orgullo cuando los foráneos alaban su planta, y cuando le comentan que no la conocían, pues sólo crece en estas tierras. Mientras tanto, la trenza de pelo cano piensa que no hay nada más propio de la naturaleza humana que cultivar plantas por placer, para disfrutar de las flores y para saciar su alma de recuerdos. La señora se encamina hacia una loma en el valle, donde la vista es más bonita, allí donde se veneran a los muertos. La doña llega, limpia un poco, y saca su “itacate” (el almuerzo y todo lo que llevaba). Primero fue colocando cuidadosamente la comida, sacó el mole y de nuevo percibió el aroma de la mezcla de chile con chocolate. Posteriormente sacó el dulce de calabaza, luego vertió un poco de pulque en una jícara, y siguió así hasta terminar con la comida. Después, volvió a sacudir y dejó caer suavemente las flores que llevaba. Pero no sólo cayeron las flores, las lágrimas contenidas durante toda la jornada brotaron desenfrenadamente por horas, mientras el sol se ocultaba en el horizonte. La trenza con cabello más oscuro creyó escuchar entre sollozos, una plática que trataba de los recuerdos de la infancia del hijo, de ¡cómo le gustaban las palomitas de maíz! También la escuchó mencionar sobre las mejoras en la casa, y algo sobre el clima, y de los parientes, entre otras cosas. La trenza más otoñal sabe que sólo había un mensaje, el mismo que ha escuchado en las décadas anteriores, para esta trenza los sollozos y las flores simplemente decían una y otra vez “por favor, toma y llévate lo mejor de mi, porque nunca he dejado de quererte”.

Dedicado a la memoria de los amantes de las orquídeas que ya no están acá

Eduardo A. Pérez García
Departamento de Ecología y Recursos Naturales
Facultad de Ciencias
Universidad Nacional Autónoma de México
Circuito Exterior s/n.
Ciudad Universitaria,
Coyoacán, México D.F., Cp. 04510
México

Related Posts
Leave a Reply

Bad Behavior has blocked 14 access attempts in the last 7 days.